La vulgata Rimbaud
#LEER EN FILADELFIA
Rimbaud, el hijo. Pierre Michon. Anagrama, 2001
Hay que ser muy osado para aumentar unas páginas más a los cientos de miles, o millones, de páginas que el mundo le ha dedicado al poeta Arthur Rimbaud. Y aún más osado en dedicarle apenas un poco más de cien páginas, cien páginas que transcurren lentamente, cien páginas que avanzan lentas por cada una de las escenas de la trayectoria de Rimbaud, el genio pero también el hijo, el mito y el poeta mayor de Francia.
Basta decir que el autor de la extraordinaria Vidas minúsculas, Pierre Michon, es quien perpetra esta osadía para explicarla por completo. Pocos escritores pueden alcanzar la verbosidad a la brevedad, la capacidad de desbordarse dentro de la síntesis, de rebalsar la copa y mantener, sin embargo, la capacidad de quedarse dentro de los márgenes de una nouvelle lírica que es, al mismo tiempo, una extensa reflexión o incluso un poema en prosa.
Michon enfrenta al mito Rimbaud sin guardarse ni la admiración ni la duda. «¿Qué es un genio?», se pregunta. ¿Cómo es posible llamar genio al genio? ¿Cuáles son las condiciones objetivas para que esto se dé? También toca el tema de la rebeldía inherente al personaje, sin acentuarlo ni disminuirlo. Quizá sí peleó en la Comuna francesa y mató a alguien. Sí, quizá sí amó a Verlaine o quizá simplemente huyó con él en una travesía sin mayor destino y sin necesidad. Es cierto, hubo una pelea y seis balas de un revólver, pero nada de eso explica la voracidad del poeta, ni su Verdad con mayúsculas ni la magnitud de esa verdad. Michon llama a los hechos mil veces contados de la vida de Rimbaud una Vulgata, un libro que de tan manoseado se ha vuelto manso, de poco interés, apenas la punta de un incandescente iceberg.
Basta decir que el autor de la extraordinaria Vidas minúsculas, Pierre Michon, es quien perpetra esta osadía para explicarla por completo. Pocos escritores pueden alcanzar la verbosidad a la brevedad, la capacidad de desbordarse dentro de la síntesis, de rebalsar la copa y mantener, sin embargo, la capacidad de quedarse dentro de los márgenes de una nouvelle lírica que es, al mismo tiempo, una extensa reflexión o incluso un poema en prosa.
Lo que le interesa a Michon es retener esa vida y enfatizar en los aspectos que la hicieron extraordinaria, pese a su ordinariez; tan extraordinaria que supo aspirar, como una máquina fabulosa, todo lo que se cruzó en su camino: su madre autoritaria, llamada Vitalie Cuif, y su padre fantasma, que sabía árabe. Narra la necesidad del pequeño Rimbaud de ganar premios literarios con poemas —“tostones virgilianos” los llama Michon— apenas mejores que el promedio de cualquier alumno, en su colegio provinciano en Charleville. Y describe luego la voracidad por alcanzar el visto bueno, la aureola que entonces solo podía ser otorgada por poetas muy menores a su talento —autoridades en su tiempo— y cuyos nombres parecen ahora de personajes de fábulas que han sobrevivido solo por haberse sabido adherir al de un ser superior: Georges Izambard, Théodore de Banville y el propio Paul Verlaine. El Viejo (Victor Hugo) ya no cuenta y un alma gemela, Charles Baudelaire, ha muerto y no puede hacer nada por el autor quinceañero de un poema llamado “El barco ebrio” y una enorme capacidad para no ser feliz y escaparse de su casa.
Desde luego, Michon no puede soslayar el silencio posterior de aquel poeta que antes de llegar a los veinte años había escrito la mejor poesía del idioma francés. Escribe: «En torno a ese silencio, ha comenzado la rebatiña. Y puesto que no me queda más remedio que poner mi granito de arena en esa rebatiña, que tener una opinión al respecto, añado que, a mi parecer, si calló, si se operó en vivo de la poesía, como tan donosamente se viene repitiendo desde Mallarmé, fue porque el verbo no era esa prerrogativa universal con la que tan apasionadamente había soñado el niño Rimbaud de Charleville, y se percató un poco tarde de que el oro tenía ciertas probabilidades de ser esa prerrogativa (…) Y, por fin, si renunció de mala gana al espejismo romántico de ese cinturón de oro, de ese atributo de Sardanápalo llevado como bajo un chaleco rojo de mameluco, diré en cambio que a lo mejor dejó de escribir porque no pudo convertirse en hijo de sus obras, es decir, aceptar su paternidad. Ni de El barco ebrio, ni de la Temporada, ni de la Infancia se dignó ser hijo, como tampoco ace´ptó ser el retoño de Izambard, de Banville o de Verlaine».
Y describe luego la voracidad por alcanzar el visto bueno, la aureola que entonces solo podía ser otorgada por poetas muy menores a su talento —autoridades en su tiempo— y cuyos nombres parecen ahora de personajes de fábulas que han sobrevivido solo por haberse sabido adherir al de un ser superior: Georges Izambard, Théodore de Banville y el propio Paul Verlaine.
La escena final muestra a Rimbaud escribiendo sus últimos versos, mientras Michon levanta la cabeza hacia el cielo y se pregunta qué es aquello que impulsa a los hombres escribir: ¿los otros hombres, las madres, las estrellas? ¿O las antiguas cosas inmensas, Dios, la lengua?
No hay respuesta. Para responder eso no se escriben libros, se escriben para preguntárselo.



